14/11/14

Día 6 de Noviembre, 11 horas. Comienzan a hicharse las velas, sentimos como el agua empieza a resbalar por el casco mientras el sonido de las olas amenizan la salida, esto solo acaba de empezar…

Un velero, 5 personas, las velas, el viento y el mar. Solos en medio de la inmensidad del océnao. No sabía de la gran comodidad de navegar en empopada, con el oleaje en el mismo sentido que el viento, el barco surfea las olas y nosotros simplemente nos dejamos llevar.

 

Charly, Gaia y yo tomando un vinito en un momento de calma

En el segundo o tercer día de navegación se consigue coger el ritmo del océano. Hallándome a mitad de la travesía no recuerdo con exactitud mis expetativas iniciales. La vaga idea que tenía sobre la travesía es ligeramente distinta a la que estamos viviendo. Hay que decir que no hay una sola manera de cruzar el Atlántico, puedes tener una experiencia u otra según el barco que consigas, el patrón y la metereología. Nuestra aventura es exageradamente mucho mas tranquila de lo que yo esperaba. Apenas hay trabajo que hacer, solamente dejar el velero al cuidado del piloto. Viento casi constante del este y cuando cae, con un solo click en el botón correcto, las velas se enrollan solas. Imagina si estaba fuera de la realidad que un día antes de partir, me recriminaba no haberme comprado guantes para la travesía.

Recuerdo que uno de mis miedos era no estar lo suficientemente fuerte como para aguantar una exigente navegación durante varios días seguidos. Y ahora, una vez interiorizado el apacible ritmo de esta tranquila travesía, mi miedo es no aguantar ni 5 minutos andando una vez lleguemos a tierra. Eso sí, debido al religioso vaivén del barco, estamos desarrollando una fantástica capacidad de reflejos, es ver algo caer y lo agarramos cual reptil cazando a su presa. Pero ya comienzo a sentir los músculos languidecerse y cualquier ejercicio físico resulta pesado. Aún así, siento unas ganas locas de correr, sabía que permanecer parada en el mismo lugar durante 18 días iba a ser todo un reto y, lamentablemente, no me equivoqué.

 

En mitad del océano Atlántico

Ya han pasado 9 dias desde que salimos de puerto. 9 días de travesía, 9 días con 360 grados de horizonte constante, 9 días descubriendo a cada instante un nuevo azul.

Llevamos unas 1400 millas navegadas, hemos pasado el trópico de Cáncer colocándonos a 19º de latitud y nos hemos trasladado 22º hacia el oeste. Se podría decir que estamos ya casi en mitad del océano. Ahora mismo, somos un punto microscópico entre África y América.

El cúmulo de sensaciones que estoy experimentando es muy intenso a la vez que tranquilo, porque si hay algo que se respira aquí es una tranquilidad absoluta. Cada día es diferente al anterior, sin embargo cuando se echa la vista atrás todos parecen confudirse.

Aunque la rutina se va colando poco a poco en nuestros quehaceres, paulatinamente le vamos robando horas al sol, avanzamos con él y esto crea un cierto desconcierto. Los relojes a bordo continúan con la hora de Canarias (UTC) y así lo harán hasta que lleguemos a tierra de nuevo, pero ya nada tienen que ver con la posición actual del barco. Esto, sumado a las guardias nocturnas que consisten en despertarse en mitad de la noche para pasar 2 ó 3 horas en vela, hacen que el tiempo se relativice con una facilidad imperciptible.

 

El sueño, el tiempo, el sol, todo se mezcla. Ya no se sabe cuando es de día o de noche. Avanzamos con el sol.

En el momento en que subí al barco un río de felicidad invadió mis venas, disfrutaba las 24 horas que pasaba en él, cada minuto era diferente del resto, todo eran nuevos colores, nuevas sensaciones. Parecía que si dormía estaba perdiéndome algo, pues no siempre tienes la oportunidad de encontrarte ante un océano infinito. Sin embargo, ahora los segundos parecen estirarse como una bola de plastilina y las horas de sueño comienzan a resultar agradables tanto a la luz del sol como de la luna, el insomio ocasionado por la saturación de adrenalina empieza a desaparecer.

 

Imposibilidad de lanzarnos al agua. ¡Haz que el agua venga a ti!

Atlántico tropical, oceáno de alisios perpétuos. Navegar se convierte en una constante reflexión sobre la evolución meteorológica, siempre intentando sacar provecho de los buenos vientos y evitando a toda costa las zonas de tormentas. Cada mañana revisamos la previsión meteorológica y, así, confirmamos nuestro rumbo. La temperatura media debe ser de unos 26 grados y la del agua aumenta cada día, salimos de canarias con 22 grados y ya vamos por los 25 grados. ¡Dan ganas de tirarse al agua!

 

Peces voladores que se cuelan en cubierta.

Aquí no hay teléfonos, ni internet, ni televisión, ni coches, ni ruidos,… Las únicas distracciones las proporciona el mar. Peces voladores asaltando la cubierta, delfines que juegan con la proa del barco, tiburones que amenazan acercándose sigilosamente.

Ante tan idílicas condiciones, con todo el océano a nuestra disposición, no hay lugar para el aburrimiento. Se desarrolla una fantástica vida interior. Te sientes dueña del tiempo y no él de ti. Personalmente el viaje está resultando muy productivo. Hasta puedes permitirte tachar de la lista de cosas pendientes, tareas para las que nunca se encuentra el momento y que aquí se hacen con un placer absoluto. De hecho, el mejor regalo de la travesía es disponer de este tiempo que tanto se echa de menos en la rutina diaria; para pensar, para reflexionar, simplemente tiempo para uno mismo.

 

Toooodo el tiempo es tuyo.

El pasado enero me regalaron el libro “Solos en el Atlántico” de Francesc Cussí, narra la experiencia de Bruno en la única regata en solitario que cruza el Atlántico en los dos sentidos de oeste a este y del hemisferio norte al sur con unos barcos de 6,50 metros, la Mini-Transat. Fue a principio de año que la idea de cruzar el Atlántico iba haciéndose cada vez mas fuerte así que comencé a leer el libro nada más llegó a mis manos. Pronto lo aparté ya que en ese momento estaba realmente inmersa en el proyecto final de carrera y además, sin saberlo, se sumaba una razón mas: no comprendía del todo las estrategias y sentimientos que en el libro se contaban. Sin embargo, después del fantástico verano que he pasado tan cerca del mar y gracias a la gente que me ha ayudado a conocerlo más a fondo, he devorado el libro sin apenas parpadear. Leerlo cruzando el Atlántico le ha dado mucho mas valor, lo recomendaría a todos quienes se aventuren a cruzarlo.

Mientras leía el libro, me dejaba llevar a merced del piloto automático y sin apenas haber tocado las velas. No podía evitar sentir un poco de remordimientos, ¿por qué buscar tanta comodidad si realmente lo atractivo de navegar es sentir la sintonía del barco con el mar, estar atenta a lo que tienes alrededor y sacarle el mejor partido? Cada vez me siento mas lejos de este mundo automatizado que intenta controlarlo todo mediante botones. Parece que hayamos perdido la capacidad de esforzarnos, el desarrollo tecnológico nos vuelve totalmente dependientes, ¿sabrá mi futuro sobrino exprimir una naranja en un exprimidor sin cables?

 

Amaneceres., las mejores guardias.

El mar ha resultado ser uno de los mejores escenarios en los que he estado, consigue hipnotizarme tan solo con observar el ir y venir de las olas. Cuando el mar se calma da la sensación de que el líquido azul se densifica como si se convirtiera en un mar de lava. De vez en cuando se aviva este espectáculo con grandes olas que zarandean el barco como si quisieran mojar hasta lo mas alto del mástil, con tormentas que llegan sin avisar o con intensos arco iris como nunca antes había visto. Sin embargo, admito que aunque esperaba ver amaneceres y atardeceres mucho mas impactantes, hay días que me quedo anonadada al mirar al frente y ver como el sol va tiñendo de rojo las nubes cuando todavía no ha salido.

 

Tripulación disfrutando.

Los días en el barco pasan casi sin darnos cuenta. El ambiente con la tripulación cada vez va a mejor. Parece el típico chiste de “Esto es un inglés, un francés, un itialiano y un español…”, hay una interesante mezcla de idiomas. Tanto Charly, inglesa, como Gaia, italiana, cocinan genial. En momentos como este, la comida se convierte en un perfecto narcótico, citando las palabras de Francesc Cussi: “Un estómago saciado es la mejor invitación a caer rendido en los brazos de Morfeo”. Lo curioso es que dormirmos en todos lados menos en nuestro camarote. Éste se sitúa en proa y al caer la noche parece que se intensifique el vaivén de las olas convirtiendo nuestro camarote en un auténtico tambor de lavadora en pleno programa de centrifugación.

 

Guardia nocturna, solo es posible ver algo gracias al flash de la cámara.

Por las noches, las guardias te presentan el mar de una manera totalmente diferente. El gran cambio es que en este momento te encuentras tu sola frente al océano. Al salir a cubierta se te eriza el pelo, las pupilas se dilatan, solo se escucha el sonido del océano. Cuando el sol cae, todos los colores subcumben al negro, la vista parece descansar mientras los demás sentidos se intensifican. En cada guardia casi siempre me regalo el lujo de tumbarme unos minutos sobre la bañera bajo la inmensa bóveda de millones de estrellas.

Llençois Maranhenses, Brasil

 

Océano Atlántico

Navegar ante tal inmensidad, sin proporción ni límite es fantástico, pero quizá podría vivirse mucho mas intensamente sin aparato electrico alguno. De una gran travesía pasaría a ser una gran aventura. Recuerdo cuando Max y yo cruzamos el desierto de los Llençois Maranhenses en Brasil, me reduerda mucho a este viaje. Características similares, atravesar un medio que no es el tuyo (arena-mar) en el que pierdes el sentido de la orientación en solo parpadeo y con agua potable limitada. En Brasil caminamos sin brújula, gps, ni guía por un desierto en el que la única referencia era el viento, siempre venía de cara. Ahora, navegamos por un oceáno con el viento siempre de popa… No son comparables ambas aventuras, ya que navegar resulta ser bastante mas complicado, pero… habrá que ir subiendo de nivel, ¿no?

Después de pasar un buen tiempo en el mar, comprendo perfectamente el mensaje que Juan Carlos, técnico y compañero de Salvamento Marítimo de Castellón, me dijo haciendo una de las prácticas, era algo así: el mar está en constante cambio, pero ya sea con tormenta o en un cálido día de verano, lo veo siempre perfecto, me gusta de todas las maneras.

Arquitecta y patrona apasionada por los viajes de exploración y con gran curiosidad por el mundo del turismo y la aventura. Doy a conocer el mundo del viaje desde otra perspectiva, como proceso de autoconocimiento y reflexión en busca de un estilo de vida mejor; con la firme intención de motivar e inspirar a todos aquellos indecisos.
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