Echar la vista atrás y percatarte de que los recuerdos de juventud ya cumplen una década, impresiona cuando oyes salir de tu boca: “hace 10 años…”. Señal de que ya no eres la niña que en realidad sientes, parece que todo se vuelva un poco mas complicado.

Todo es relativamente sencillo cuando se hace lo que se supone que debes, no conlleva pensar demasiado ni supone grandes conflictos en tu entorno. Creces, vas al cole, llegas a la universidad y, sin tiempo para pensar cómo continuar, ya estás trabajando en aquello que escogiste a los 17 añitos. Especialmente en estos momentos de crisis quizá ya ni siquiera eso, se acepta cualquier oferta. Sin saber exactamente cómo funciona el mundo, te encuentras en una burbuja en la que todos hacen lo mismo y nadie cuestiona nada. Se asemeja al proceso en cadena que lleva el objeto en la industria, nos moldeamos a favor del sistema y una vez programados estamos listos para servir, actuamos de forma automática.

La inercia social nos hace olvidar el presente para refugiarnos en un futuro idealizado. Aceptamos un modelo establecido sin oponer resistencia alguna. Lo mas sorprendente es que hay alternativas, millones de opciones y, además, tenemos la gran suerte de poder elegir. Sin embargo, dentro de esta burbuja desgraciadamente la capacidad de decisión queda limitada, optar por aquello que los demás no consideran correcto es un fallo.

Rechazar lo considerado “normal” no tiene porqué ser sinónimo de libertinaje o desobediencia. Simplemente pienso que no se nos permite parar un segundo a pensar qué es lo que queremos hacer, el ritmo frenético de la ciudad aturde, desorienta. El camino mas fácil a tomar es seguir al resto, actuar tal y como lo hacen las de tu alrededor; formar parte de un grupo siempre hace sentir a una misma mucho mas segura. Pero, ¿es eso lo que queremos? ¿Nos gusta lo que hacemos o simplemente lo aceptamos porque es lo que toca en este momento?

Parece que no haya alternativa, lo correcto es trabajar en x despacho o empresa planeando qué se hará en la semana de vacaciones y así pasarán los meses y años sin darnos cuenta. Estados de ánimo que van y vienen, felices los viernes, decaidos los domingos. Desaprovechando las horas de sol, teniendo para uno mismo solamente las noches, caemos en la rutina y nos esclavizamos en una comodidad aparente.

Cuando se tiene todo controlado, da pereza e incluso miedo dejarlo y apostar por algo nuevo. No me refiero a tener solucionados los objetivos de hoy en día: casa, trabajo y pareja; hablo de conocer a la perfección la consecuencia de cada uno de nuestros actos y saber que no habrá sorpresas inesperadas en nuestra rutina, comprar el pan cada día en el mismo lugar, seguir el mismo camino para llegar a casa, saber qué autobús coger para ir a trabajar…

Hace unos días conocí a un hombre de 62 años, atlético y con ganas de vivir, que estaba viajando en barco por el Caribe, recuerdo perfectamente la expresión de su cara al decirme: “la vida pasa muy rápido, no te das cuenta“. Lo decía con cierta resignación y eso que parecía que sí aprovechaba los pequeños momentos.

La vida pasa rápido, todo el mundo lo siente, sin embargo parece que no lo terminemos de creer pues siempre albergamos la esperanza en el “mañana lo haré”, “solo dos años y cambio”. Pero ¿y si el día de mañana no puedes? Vida solo hay una, no se puede volver atrás y parece que el tiempo se acelere con los años. Bajo mi punto de vista no encuentro razones para posponer los sueños, hay que realizarlos mientras puedas, no hay que tener miedo. ¿Miedo a qué? ¿Es mejor vivir con la idea de “¿y si…?” ? Si escribiéramos en un papel los contras reales de nuestro sueño, nos daríamos cuenta de que hay pocas cosas irrealizables. ¿Que hay que perder?

La vida da muchas vueltas y siempre se puede volver a empezar. Hace poco llegó a mis manos la siguiente definición: capacidad para resistir frente a la adversidad, para reconstruirse saliendo fortalecido del conflicto, aprender de la derrota y transformarla en oportunidad de desarrollo personal. Así es como se define la resiliencia, actuar con actitud vital positiva apesar de las circunstancias. No por miedo a caerte dejarás de caminar, si te caes, siempre puedes volver a levantarte.

Es curioso como hablando con ancianas, personas con gran cantidad de vivencias a sus espaldas, la recriminación que mas se les escucha es el no haber actuado cuando podían, generalmente hay mas arrepentimiento por no haber realizado lo que querían en su momento que por haberlo hecho.

Desde que me di cuenta de ello he intentado cambiar de actitud, actuando conforme a lo que siento. Decir lo que no me atrevía a decir, hacer lo que normalmente no haría, bailar cuando me apetece bailar, cantar cuando me siento feliz. ¿De qué sirve la vergüeza? ¿Para que necesitamos tanta seguridad? Está claro que de la teoría a la práctica hay un largo camino, pero de algo estoy segura, si no lo intentas, seguro que no lo consigues. El sentimiento de realización es uno de los mas placenteros.

En mi caso, sentía que llevaba un tiempo caminando por un sendero demasiado obvio, había dado muchos pasos sin a penas pensarlos, sin darme cuenta de que había infinidad de rutas diferentes solo que menos accesibles, medio escondidas. El camino por el que circulaba era grande, asfaltado, muy cómodo. La multitud de transeuntes no ayudaba a descubrir que existían nuevas rutas, parecía que me hubieran puesto una visera como la que utilizan los caballos para ayudarlos a cabalgar derechos, solo que comencé a sentir que en lugar de cabalgar necesitaba trotar y el confortable asfalto se fue convirtiendo poco a poco en un molesto pavimento.

Decidí parar en cuanto tuve la oportunidad, el ritmo que nos marcamos no da lugar a la reflexión. Salir de la rutina, apartarme por un tiempo del micromundo en que vivía y descubrir con mis propios ojos lo que hay ahí fuera. Un paréntesis que me permita ver diferentes realidades, perder el miedo, afrontar situaciones que ni siquiera imagino.

Una de las cosas que mas disfruto al viajar es conocer personas con perfiles y visiones diferentes a los que acostumbramos a tratar en el día a día. Hace poco conocí a Jerome, el día 6 de Noviembre me embarqué en un viaje de mes y medio en su velero. Él es ingeniero militar y hasta hace no mucho tenía una vida convencional, llevaba junto con unos socios una empresa con muy buen nombre Brasil. Hace 9 años decidió dejarlo todo y cumplir su sueño de vivir en un barco. Ahora se dedica a descubrir costas poco conocidas y bucear sus fondos. 4 meses al año los dedica al charter para costearse la vida y el resto lo disfruta. Conocer su historia no deja indiferente, como mínimo inspira, cada uno a su manera.

En numerosas ocasiones me viene a la mente el dicho popular: “el joven que tiene salud y tiempo, no tiene dinero, el adulto disfruta de salud y dinero pero no de tiempo mientras que el viejo ya no tiene ni salud ni tiempo pero si dinero”. ¿En qué lugar nos gustaría estar? ¿Podemos aprovechar ahora? Se nos enseña a vivir con miedo, siempre buscando seguridad y pensando en el futuro sin tener en cuenta que vivimos en el presente.

Recomiendo la charla de Dustin Garis en Ted talks, “Pursuit of a memorable life”. Dejo escrito en español las frases que mas me han llamado la atención:

“...la vida no es el numero de días que vives sino el número de días que recuerdas. Desgraciadamente hay un vacío entre los días que vives y los que recuerdas. […] Responde a esta pregunta: ¿Podrías decir cuantos días recuerdas o han sido relevantes el mes pasado? La mayoría de personas suelen responer alrededor de 3 días de 30. Si esto lo amplias a un año o incluso a una década, ¿qué pasó con el resto de días?”

Arquitecta y patrona apasionada por los viajes de exploración y con gran curiosidad por el mundo del turismo y la aventura. Doy a conocer el mundo del viaje desde otra perspectiva, como proceso de autoconocimiento y reflexión en busca de un estilo de vida mejor; con la firme intención de motivar e inspirar a todos aquellos indecisos.
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