Me llama la atención que relacionemos el viajar con una actividad cara y complicada. Cuando imagino como sería asentarme y establecerme en un lugar, inmediatamente pienso en las cuentas que comenzarían a llegar a la cuenta bancaria: alquiler, facturas agua-luz-gas, internet, móvil, coche, gasolina, gimnasio, quizá un buen sofá, armario con posiblemente mas ropa de la que debería, … suma y sigue.

Está claro que si tomamos como referencia precios de compañías de viaje y cadenas de hoteles el precio es muy elevado. Pero la realidad es que se puede llegar a viajar con muy poco, hay alternativas. De hecho, vivir viajando puede llegar a ser mas barato que vivir en la ciudad.

Al acomodarnos en una ciudad, el confort rápidamente llama a la puerta. La rutina se apodera de nuestras actividades diarias y me da la sensación de que sin darnos cuenta empezamos a sucumbir a deseos que otros nos dicen que debemos anhelar. Parece que compitamos, sin ser conscientes de ello, por tener esos bienes materiales tan necesarios, por obtener las comodidades que vemos en nuestro vecino. Nos educan en cierta manera para convertirnos en esclavos del consumismo masivo.

El consumo es una burbuja en la que nos metemos sin darnos cuenta. Poco a poco, a través de los mensajes en televisión, revistas e internet, vamos entrando en el juego. Recomiendo enormemente el documental “The century of the self”, son 4 capítulos, el segundo y el tercero tratan sobre este tema. Aquí teneis un trailer.

Parece que me vaya por las ramas al hablar de consumo cuando quiero hablar de viajar. Todo está relacionado, pues me estoy dando cuenta de que viajando parece que vuelvas a poner los pies en la tierra de nuevo. A la vez que se viven experiencias espléndidas, también se llegan a ver realidades muy duras, mucha miseria. Irremediablemente, esto hace que valores muchísimo lo que tienes. Como he comentado antes, es irremediable comparar lo que uno mismo tiene con lo que se vé en el vecino.

Una gran diferencia que encuentro entre viajar y asentarse en una ciudad es que normalmente en ciudad tenemos las necesidades básicas más que cubiertas. Generalmente, nos relacionamos con gente de un nivel adquisitivo y cultural parecido al nuestro. Y creo que es precisamente esta relación con el semejante la que nos incita al consumo. Sin embargo, viajando se llegan a ver tan duras realidades que poco a poco se aprende a vivir de una forma mas sencilla, con una sonrisa dando gracias a lo que se tiene.

Es enorme el sentimiento de libertad que se siente cuando no se depende del consumo. Si pensamos qué es lo que realmente puede hacernos felices a corto y, sobre todo, a largo plazo la lista es sencilla de obtener: salud, agua, comida sana, tiempo, amistad, autoestima, ejercicio y un lugar seguro para dormir. No añadiría nada material en esta lista vital. ¡Ojo! Con esto no estoy queriendo decir que no me guste el confort o el tener la posibilidad de comprar lo que desee. Desde luego que me hace feliz poder conseguir una cámara para grabar memorias, un ordenador para poder comunicarme o un vuelo para estar con los míos. Proporciona una cierta felicidad momentánea que a todos nos gusta. En mi opinión, el sacrificio para alcanzarlo suele ser alto. De vez en cuando vale la pena, pero parece que a veces confundamos el medio con el fin, y lo verdaderamente importante queda relegado a un segundo plano. 

Por eso, cuando digo que viajar puede llegar a ser mas barato que asentarse en una ciudad, a lo que me refiero es que normalmente permite un cambio de perspectiva en el modo de ver la vida; las prioridades son diferentes, las necesidades menores y mas básicas. Bajo mi punto de vista, veo sumamente complicado vivir en la ciudad y no caer en las trampas del consumo de un modo u otro. Es difícil vencer la tentación bajo tanto estímulo. Sin embargo viajando, los recibos en la cuenta o van desapareciendo o directamente no llegan, ni el alquiler, ni las facturas, ni internet, ni el móvil, ni el coche, ni la gasolina, ni el gimnasio, ni el nuevo sofá, ni el armario lleno de ropa, … Aunque no hay que olvidar que está claro que viajando siempre habrá otros tipos de gastos que se adicionen, distintos a los de la ciudad, pero que pueden llegar a ser mucho menores.

Todavía conservo intacta la impresión que tuve al volver a España después de pasar dos meses en un pueblecito del interior de Senegal. Fue bastante chocante encontrarme de nuevo con esta realidad cuando ya me estaba acostumbrando a vivir sin apenas nada. Por ejemplo, una simple botella de plástico era un bien preciado ya no por el contenido sino por el continente, servía para poder almacenar líquido, y no todo el mundo tenía acceso a ni siquiera un recipiente así. Mi primera impresión al regresar a España fue que viviamos en un mar de lujos. Sobraban miles de objetos, ¿para qué tantos? Pero esta sensación duró poco, al cabo de un tiempo de vivir en el mismo lugar rodeada de un agradable confort, todo volvió a ser normal.

Las modas y el consumo son inventos nulos y nefastos. Existe un continuo derroche en lujo estéril. Vivimos cómodamente entrecerrando los ojos frente a grandes desigualdades. Quizá me esté yendo a un extremo hablando sobre este tema, pero es que me invade un fuerte sentimiento de malestar al constatar las necesidades excesivas del primer mundo. No sé cual es la solución, es un tema bien complicado y lleno de controversia, pero al menos, desde mi punto de vista, parar y pensar en ello es un buen comienzo.

Tenemos todo el tiempo del mundo y la gran suerte de decidir como vivirlo. Aunque si quiero ser mas precisa, creo que ninguna de las dos afirmaciones anteriores son del todo ciertas. Bernabé Tierno en su libro “Los pilares de la felicidad” acertó en hacernos ver que son únicamente 30.000 días los que tenemos para nosotros. Haciendo cuentas, calculo que aproximadamente invertimos unos 8.700 días durmiendo y unos 3.400 días trabajando. Sin tener en cuenta ninguna otra actividad, nos quedarían alrededor de 18.000 días activos, suena a poco, ¿no? Y además, no somos 100% libres de decidir que hacer con este tiempo, pues siempre estamos expuestos a estímulos exteriores que nos condicionan este tiempo.

Trabajar durante las vacaciones de los demás está siendo toda una revelación. Familias, amigos, parejas, vienen al velero a pasar unos días, son unos pocos días en el paraiso que quizá no vuelvan a repetirse. Lo pasan genial, convivimos juntos 4 ó 5 días. Es un ambiente familiar y relajado, la gente se abre y cuenta sus experiencias al igual que nosotros las nuestras. Me encanta este tipo de intercambio. Sin duda alguna, ahora todavía más ya que mi contacto con el exterior se ha visto considerablemente reducido al vivir aislada en el velero.

Lo curioso es lo que cuentan, la realidad que traen al barco a veces asusta. Mi conclusión mas directa, y en esto es fácil que todos coincidamos, es que la gente trabaja demasiado. Vivimos en un mundo loco en el que las horas útiles y preciadas se dedican al trabajo para el beneficio de otros con el objetivo de ganar un dinero que gastamos en cosas que generalmente no necesitamos. Lo mas gracioso es que, si sobra algo, sentimos la irremediable necesidad de gastarlo, pues “para algo hemos trabajado tanto”.

Resulta también intrigante lo que ocurre al nos mudamos de ciudad, algo que actualmente sucede a menudo y, precisamente, la razón principal es el trabajo. Sea o no sea interesante para vivir en ella, inconscientemente intentamos hacerla atractiva a nuestro modo. Intentamos adaptarnos a ciertas actividades para alejarnos de esa realidad. Así es que, a veces, acostumbramos nuestros gustos y parece que hasta los disfrutemos. Actividades recreativas como ir a comer fuera, ir al gim, ir al cine, pasear por el parque se vuelven imprescindibles para amenizar el día a día. Pero, ¿serían esas nuestras principales elecciones si realmente tuviéramos todo el tiempo a nuestra disposición? ¿Optaríamos por vivir en otra ciudad con mas posibilidades? ¿Quizá pasar días enteros en la naturaleza? o ¿por qué no? ¿Decidir vivir en la montaña? ¿en el mar?

 

Para mí, viajar no es un simple trasladarse de un lugar a otro. Es un concepto mucho más amplio y sugerente. Significa, salir de la rutina diaria, fuera de un contexto cómodo y conocido, en un escenario que te ponga a prueba continuamente, ver y sentir diferentes realidades, saborear los pequeños momentos, disfrutar de lo que la naturaleza nos brinda y tener tiempo para mí misma, poder reflexionar lúcidamente sin cansancio ni estímulos externos.

Arquitecta y patrona apasionada por los viajes de exploración y con gran curiosidad por el mundo del turismo y la aventura. Doy a conocer el mundo del viaje desde otra perspectiva, como proceso de autoconocimiento y reflexión en busca de un estilo de vida mejor; con la firme intención de motivar e inspirar a todos aquellos indecisos.
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