No se sabe bien cómo llega, se instala sin darnos cuenta, se acoge sin oponer resistencia. La rutina es cómoda, fácil y segura. No sabría explicar el porqué, pero a pesar de ello lo que me pedía el cuerpo en aquel momento era totalmente lo contrario, se me metió en la cabeza que yo no la quería. Tuve que ceder. En Octubre de 2014, cargué la mochila a la espalda. Estas son mis reflexiones tras mas de un año viajando y volver a casa.

Un año viviendo sin el confort del hogar ni las comodidades de la rutina. Cada día ha sido diferente, un despertar sin necesidad de pensar en el mañana. Un año sin las tecnologías que hoy en día mueven el mundo. Un año sin móvil, ni apenas ordenador. Un año sin reloj, sin horarios, ni calendarios. Un año de libertad, un dejarme llevar sin limitaciones, un año de desconexión total de mi realidad.

Ha sido muy intenso, cargado de emociones y nuevas experiencias. Pero no todo ha sido fácil. Estado fuera de casa todo se magnifica, tanto lo bueno como lo malo. Enfermedades, hambre, miedo, heridas incurables, frío, calor, no saber donde dormir hoy o qué pasará mañana, familiares que se van, amistades que se diluyen, … Si todo hubiera salido perfecto, habrían sido tan solo unas vacaciones. Pero si de algo estoy segura es que de todo se aprende y sales muy reforzada de todo ello.

Echo la vista atrás, intento asimilar lo vivido y en lugar de un año parece que hayan sido varios. Tan solo ha sido uno, pero debido a la cantidad de nuevas experiencias vividas parece como el café al que ya no le puedes echar mas azúcar, un año saturado donde ha sido mucho lo vivido en muy corto periodo de tiempo. Y aún así, un año me sabe a poco. Descubriendo lo que he tenido la suerte de experimentar, me doy cuenta que comparado con lo que se puede llegar a conocer, no ha sido nada. Se me desbordan las ideas, hay tanto por vivir, tanto por conocer y conocernos que la vida se me queda corta.

Así como no somos los mismos de hace 10 años, tampoco seremos los mismos dentro de 10 años. Pero, tozudos como somos, vivimos en la ilusión de que ya hemos llegado a ser esa persona que siempre quisimos ser. Creemos que ahora ya somos como seremos siempre, pero lo que todavía no imaginamos es que podemos ser y seremos tan diferentes en una década como lo somos ahora respecto a 10 años atrás. Tanto nuestros valores como nuestra personalidad cambia con el tiempo y las experiencias. ¿Acaso volverías al mismo concierto que tanto deseabas hace una década? ¿Elegirías de nuevo el mismo destino para tus vacaciones? ¿Sales por los mismos lugares? No nos podemos llegar a imaginar las cosas que quedan por descubrir de uno mismo. En situaciones cotidianas, con los mismos hábitos, con una rutina establecida el aprendizaje suele ser progresivo. Pero parece que viajando se crezca a velocidad de vértigo. Te transformas a pasos agigantados, descubres nuevas facetas sobre tu persona, tu yo oculto.

Mientras viajaba no sabía con toda seguridad qué es lo que estaba pasando en cada momento, no sabía qué efectos se estaban produciendo en mí. Tras un tiempo en ruta, todo se mezcla, surgen sentimientos que no entiendes, necesitaba volver a mi realidad anterior para darme cuenta de ello y poder así asimilarlo con perspectiva. No sólo he conocido países que no sabía ni ubicar en el mapa, no sólo he comido cosas que no sabría ni pronunciar su nombre, no solo he hablado otras lenguas hasta el punto de olvidar mi propio vocabulario, no sólo he convivido con culturas tan diferentes a la mía que me era imposible comunicarme a pesar de hablar el mismo idioma. Además, he conocido un nuevo mundo: un nuevo estilo de vida a bordo de un velero; he aprendido a amar la soledad: viviendo aislada de la sociedad durante meses; he adoptado un nuevo concepto del tiempo: se puede vivir sin lunes ni domingo; he convivido directamente con/en la naturaleza: dependía 100% de ella, tanto de la meteo para resguardarme, del agua de ríos o lluvia para beber o de los peces para comer.

Había días en los que no podía llegar a creer lo que me estaba ocurriendo. Me costaba incluso conciliar el sueño, no podía malgastar ni un solo segundo, momentos únicos que quería alargar como fuera posible. De vez en cuando parece soñar sea mejor opción que despertar, ¿verdad? Pues a mi me pasaba escandalosamente lo contrario, la realidad superaba con creces cualquier sueño posible. Me atrevería a decir que incluso sufría ataques de felicidad, relámpagos que invadían todo mi cuerpo desde el pelo hasta los pies, colándose sin permiso y expandiéndose con tanta facilidad que hasta dolía. Nunca he sentido de manera tan consciente como lo he hecho viajando, nunca me he sentido mas en casa como lo estado en tránsito.

Esta felicidad desbordante generaba en mí un deseo de querer compartir con los demás este sentimiento, un querer impregnar tanto a las personas que tenía cerca como a mis conocidos que se encontraban lejos. Una plenitud que me hubiera encantado poder regalar a trozos, anhelaba poder abrazar y, así, poder transmitir lo que sentía. Personalmente, creo que viajando sola absorbes mucho más la esencia de tu entorno, pero precisamente el no poder compartir lo vivido es uno de los pocos-grandes contras que le encuentro.

Stefan Sweig en su libro “La embriaguez de la metamorfosis” relata de una forma maravillosa el cambio vivido por Christine Hoflehner, una ayudante de correos, al salir de su pequeña ciudad y conocer un nuevo mundo gracias a la invitación de sus tíos en la ciudad vecina. Me siento muy identificada con la transformación sufrida por la joven. “La curiosidad le ha permitido empezar a saber quién es y a descubrirse a sí misma tras el descubrimiento de ese nuevo mundo”  “Nunca había imaginado que su sangre pueda fluir con tal vigor por las venas, pueda expandirse de modo tan placentero, impulsivo y salvaje; nunca sintió de manera tan consciente la tensión y agilidad de su joven cuerpo”.   Ese sentirse viva y joven como nunca, es como un renacer con consolidada seguridad en tí misma.

Siento que no he tenido bastante, incluso advierto cierto temor al pensar en el hecho de no poder saciarme nunca. Pero como he dicho antes, ni somos los que éramos 10 años atrás ni seremos los mismos de hoy en la próxima década, así que de momento me encuentro tranquila pensando en que muy probablemente sea una etapa mas, intentando disfrutarla al máximo. Aunque podamos llegar a intuirlo, nunca se sabe cómo iremos evolucionando.

Si la vida es un cúmulo de experiencias a través de las cuales vamos formando nuestra personalidad, a más información, mas capacidad de elección y probabilidad de acierto. Mas curiosa que nunca, me siento intoxicada con la pócima del viaje, corre a sus anchas por mis venas impidiendo a mi imaginación un momento de descanso, soñando despierta con nuevas experiencias constantemente. Viajar es mi veneno y, al mismo tiempo, mi antídoto.

 

Arquitecta y patrona apasionada por los viajes de exploración y con gran curiosidad por el mundo del turismo y la aventura. Doy a conocer el mundo del viaje desde otra perspectiva, como proceso de autoconocimiento y reflexión en busca de un estilo de vida mejor; con la firme intención de motivar e inspirar a todos aquellos indecisos.
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